EL PUERTO

Cada vez hay más barcos, pequeñas embarcaciones abandonadas, mástiles oxidados, las lanchas motoras apenas están infladas y sus motores llenos de algas.

Frente a esos barcos, otros más lustrosos, pero parecen de paso. Están tan impecables que parecería que forman parte de otro tiempo, como si por instantes, viniesen naves de un futuro, aunque tal y como se presenta este tiempo, quizá sería más apropiado pensar en el pasado, como si viniesen naves del pasado.

Los astilleros están como si los hubiera detenido algo más intenso que la desidia o la ausencia total de trabajo. Parecen detenidos a mitad de una acción, grúas que suspenden todavía cargamentos.

Hay estibadores trabajando, al fondo, donde cargan grandes contenedores en barcos grises, armatostes viejos, llenos de robín y bollados.

El puerto en Extinción es el lugar donde se inicia todo. No sólo la historia tal y como se representa, sino también el germen de todo. Es ahí donde Enma y Esdras discuten por primera vez sobre la posibilidad de tener un hijo. Ese momento se representa también en la puesta en escena, pero no conocemos ni de dónde vienen ni qué sucede después.

Para Enma es importante el puerto, Esdras no lo sabe con toda la magnitud que tiene pero ese es un lugar importante para ella, su madre llegó embarazada de ella ahí. Venían de otro país y los padres de Enma siempre le contaban esta historia:

Una vez atracaron en el puerto. Cuando se abrieron las pasarelas de desembarco, todos los tripulantes bajaron amontonados, ilusionados. En tierra estaban esperando los agentes de la aduana que controlaban los visados, los equipajes; era un proceso lento, pero todos los allí presentes aguardaban con paciencia porque tenían unas esperanzas ciegas en esta nueva ciudad, más que un país en general, la gente tenía esperanzas en la ciudad. Tras una larga espera llegó el turno de la familia de Enma, constituida por la madre, el padre y la abuela. La madre siempre relata la intensidad del latido del corazón. Se fatigaba con asiduidad y dice que en ese momento podía sentir el latido suyo y el de Enma a la vez, cada uno en sus pulsaciones, tan distintos, pero los oía, decía.

Cuando fueron a pisar tierra, un brazo les detuvo, contaba. Recuerda el brazo tan nítido como el frío de la nieve, no se olvida, decía. Les pararon, había un problema con el visado. La madre estaba embarazada de 8 meses, habían decidido comenzar la experiencia de ser padres en un nuevo lugar donde nada estuviera viciado, vinieron con lo puesto, con un dinero ahorrado, como todos. Según sus cálculos podrían aguantar un mes sin encontrar trabajo, pero luego necesitaban ingresos de alguna manera; un amigo les pasó un contacto y estaban decididos a utilizarlo; pero se encontraron con un brazo que les cerraba el paso, veían ahí mismo el cemento del puerto, el pilón de amarre, los embarcaderos, la lonja azul y a lo lejos, un continuo de fábricas rojas interminable. La madre cuenta que se llenaron de luz y paz sus ojos, respiraron.

El hombre miró a la familia entera y les pidió esperar a que se solucionara el trámite, quizá un problema con los apellidos, dijo, quizá un problema de incompatibilidad de caracteres, dijo, es broma y se rió. Entonces se tranquilizaron pero el tiempo empezaba a pesar, la madre necesitaba sentarse, estaban en mitad de la pasarela de desembarco y mucha gente detrás, gente impaciente, gente ansiosa. Pero la madre necesitaba sentarse porque a los 8 meses la fatiga, el cansancio, el ardor y la hinchazón, son parte natural de la rutina. Pero la madre lucía una sonrisa, una sonrisa espléndida le solía decir el padre a Enma cuando le contaban la historia.

El tiempo se alargaba de manera impredecible, pero éramos tan felices, mi niña, le decía la madre a Enma, veíamos ahí mismo el trozo de tierra que nos correspondía, que anhelábamos, porque el anhelo está hecho de futuro, cariño, le decía la madre cada vez que contaban la historia.

Nunca supieron decir cuánto tiempo exactamente estuvieron ahí esperando, la abuela solía hablar de meses, porque la sangre se va a los pies y estos se hinchan y tardó más de un centenar de días en equilibrarse de nuevo su sangre. Pero este recuerdo es una hipérbole, aunque alimentada por una ilusión inaudita.

Recuerdan el color de los ojos de aquel agente de aduana. Recuerdan su olor a perfume seco e intenso. Recuerdan la comisura de los labios, pálidos y poco rosáceos. Recuerdan su barba de pocos días y sus canas. Lo recuerdan todo y todo lo cuentan porque cada uno de los minutos que pasaron ahí, lo tuvieron enfrente. Lo pudieron mirar, observar, contemplar.

La madre se sentó sobre la maleta, era incómoda pero era la única posibilidad, empezó a experimentar pródromos y se le tensaba la barriga, intentaba anclar su mirada hacia la ciudad, que la relajaba. Qué ocurría, cómo se solucionaría, y si finalmente ese problema se hacía real, cómo volverían. La madre empezó a sentir angustia a la vez que ardor, era de una intensidad distinta, quizá reforzada por la ansiedad, el agobio de tanta gente.

El hombre les miró. Fijamente. La madre sentía las contracciones como latigazos que le impedían devolver fija la mirada, pero lo intentaba. Sin saber porqué el hombre continuaba con su acción segundos y segundos, y sin aviso por ningún lado, sin recibir ninguna indicación que viniese de otro lugar, el hombre les sonrió y les dijo bienvenidos.

Entraron apresurados. Casi sin atinar a nada, preguntaron por el hospital público más cercano, el padre hizo el amago de pedir un taxi, pero la madre se paró, no quería entrar así en la ciudad de sus anhelos. Retrocedió, y como si esa acción física pudiese repercutir en el interior de ella, todo el dolor retrocedió también. Se acercó a un embarcadero contiguo desde donde se veía la estela ocre del mar que habían atravesado y el tono rojizo de las fábricas contiguas, se detuvo ahí ante las expresiones de incredulidad del padre y de la abuela. No entendían nada. La madre no quería que todo este tiempo se consumiese como un arrebato que luego no recordara y fijó su mirada largos tiempos sobre cada una de las cosas que había allí. Acarició su barriga, le dijo espera, espera un momento, pequeña. No vengas precipitada por un susto, no vengas así, le decía. Párate un momento a disfrutar de tu estado. Aquí empieza todo para ti. Y todo se calmó.

Todos empezaron allí, atravesados por una felicidad incalculable. Enma tuvo una infancia extensa y horizontal.

En Extinción esta historia se desconoce, no se cuenta; forma parte del misterio de Enma, porque Enma sólo se muestra como parte colateral de la historia de Esdras, pero en cambio, es el motor donde empieza la fábula de Extinción; es ella la que empuja la historia a suceder, a conocerse. Su deseo de ser madre viene dada por esta experiencia familiar que le contaban desde niña, ella quería transferir a un hijo la ternura y el amor con el que fue criada, y todo quería que empezase donde la suerte de su familia empezó.

El puerto es en Extinción un espacio que se muestra extraño, deshecho de sus funciones y que alberga un lugar que se nos presentará mágico, la Lonja Azul, que es donde se alberga finalmente lo que anhela y busca Enma en toda Extinción: la posibilidad de un hijo.